Fuente de la publicación original: Mi biblioteca: La revista del mundo bibliotecario, ISSN 1699-3411, Nº. 69, 2022, págs. 14-14
Autor: Fernando Jerez Hernández
Su piel le arrastró al infinito. Era una consecuencia lógica. El contacto estrecho con todos esos
libros hizo que éstos fueran dibujando una estela que le fue fácil seguir. La literatura iba
dejando un poso en el fondo de su inconsciente, que creció y terminó desbordando su mente,
despertando así de su letargo al somnoliento chaval que se dejaba llevar por las aventuras
mágicas contenidas en sus páginas. Mundos fantásticos que moraban de niño en la pequeña
estantería de su escritorio. Mundos Balderías, como los del cuento de Merino. Mundos que
creía perdidos, como el de Doyle.
Y con ese ir y venir, con esa frenética actividad que le nace de dentro, incontenible, ese chico
que hoy incluso es padre, incapaz –y esto le viene por defecto- de poner el interruptor en OFF
aunque muchas veces se lo pida el cuerpo, reescribe su propia historia en una pequeña
biblioteca de barrio. Como lo hacen a diario muchos de sus compañeros de profesión, y los
millones de personas que cada día pasan por estos palacios del pueblo (Klinenberg, 2021).
Haciendo cada vez un poco más de ruido, aunque a algunos les moleste, van haciéndose allí las
vidas. Y sus trabajadores son a veces tan pasionales y entregados a sus bibliotecas, que se
desviven por ellas incluso desde sus propias instituciones y asociaciones. Desenfocando, en
ocasiones, el objetivo primordial de éstas, su razón de ser: que nacieron para encontrarse a sí
mismos.
A veces pasamos demasiado tiempo preguntándonos qué podemos hacer para que nuestras
bibliotecas sean lo que tenemos idealizado en nuestro imaginario. Y de esa forma, dudando,
haciendo las cosas a medias o postergándolas como si fuesen defectibles o irrealizables,
pueden pasar los días en un despacho, o detrás de un mostrador de préstamo. Y puede que,
finalmente, llegue uno de esos días que sea el último de los nuestros en la biblioteca. Y
entonces aún permanezcan en nuestro interior los mismos anhelos, y nos sigamos
preguntando porqué no sucede aquello que nos gustaría que sucediese en ella. Y en esa
búsqueda estéril alcanzaremos todo tipo de conclusiones, probablemente alejadas de nuestro
campo de acción, en las que la falta de recursos -que sí, suele ser real y frecuente- suele ser
también la madre de todas las excusas, y llegando incluso a responsabilizar a los usuarios de no
entender la biblioteca… fail. Y todo, probablemente, por haber encontrado una posición crítica
bastante confortable. Todo por oponer resistencia al cambio, sin reconocérnoslo a nosotros
mismos. Todo, por no querer otro punto de vista. Mirar al presente, y a las personas.
Ya lo sabemos, pero tenemos que ser más conscientes de una cosa: a veces en la vida no es lo
que nos pasa, sino cómo vemos lo que nos pasa. Tratar por todos los medios de cambiar la
forma de ver las cosas a menudo es lo único que hace falta para virar el rumbo y caminar hacia
destinos distantes desconocidos. Y maravillosos.
No tengamos miedo de lo que venga. Situemos a las personas, profesionales y usuarios de las
bibliotecas, en el centro de una vez por todas. Desde todos los puntos de vista. Y desde ahí,
con esa equis trazada en el mapa, reemprendamos nuestro viaje. Con la misma pasión -que es
el mínimo exigible- que nos llena el pecho cuando hablamos de los espléndidos espacios de la
biblioteca, de la estupenda colección que hemos creado, de nuestros múltiples servicios. Con
el mismo entusiasmo con el que de niños pasábamos páginas, fluyendo, absolutamente
absortos. Comenzando una historia tras otra. Con la alegría y el orgullo de ser parte de una
comunidad preciosa, creativa… y que aspira y logra ni más ni menos que a transformar
realidades.